anoche soñé contigo

miércoles, 22 de abril de 2009



Hoy en la madrugada, se incendió La Grúa, el Muelle Vergara, para ser más precisos, y tras la "quemazón" casi nadie dijo nada, salvo que fue intencional.
A la Alcaldesa le escuché más tarde, que ya era cuento aquello, y se desentendían los municipales de su Administración..
¿Cúantos paseos a la orilla del mar?, ¿Cúantas veladas en sus restaurantes, que no figuraron en ninguna guía turística, y con cantantes "de bajada"?... Muchos romances bajo su estructura, por supuesto, y a uno me referiré, y que tiene a La Grúa como alcahueta.
Escribí este relato, hace un tiempo, y basado en algo que escuché. Vaya entonces, como homenaje al frío monumento, pero que es también un baúl de recuerdos...léanlo, aquí está especialmente para ustedes...

Los amantes de La Grúa

La primera cita y la última fueron en La Grúa.
Cuando él, tiritaba frente al Chat por conocerla personalmente, y ya las auras electrónicas habían hecho ese acercamiento virtual, no se le ocurrió nada mejor, como punto de encuentro que La Grúa.
Un amasijo de concreto y de fierros oxidados, y que cada cierto tiempo se hace a la mar de las mentes viñamarinas para convertirse en un restaurant, café o muelle para pescadores aficionados, era el lugar ideal, para esa cita clandestina.
Desde el fondo de los tiempos de la ciudad jardín, ese enclave, y ahora un muelle abandonado, sirvió para que los barcos que traían el azúcar tosca y cruda, fuera desembarcada, y trasladada desde ahí a las filtradoras de la Refinería. Y para hacer de alcahueta de amoríos como éste, también.
Era para ellos, el muelle de otrora, el lugar adecuado para que la clandestina relación, produjera también el desembarco de sensaciones junto a los pilares, que sostenían la gran mole.
La hora convenida no fue problema, pues ambos, a pesar de lo traumático, y embarazoso de sus respectivos lazos, hicieron los arreglos para que la puesta de sol les diera el marco romántico, y también la oscuridad necesaria para ser inadvertidos, y pasar por alto ese síndrome del pueblo chico…
Ella, de unos 45 años, y madre de tres hijos, él, con dos experiencias matrimoniales a cuestas, y cuatro pensiones alimenticias pagándose regularmente en el Juzgado de Familia de Viña del Mar, fueron los currículos, que ya se habían intercambiado cuando las teclas del ordenador se hundieron por la orden de sus mentes ávidas de cariño.
La hora cero había llegado por fin, y él tiritaba ante los efluvios de su virilidad, acicateada por las fotos, que ella le había enviado casi una por semana, y que dejaban ver su belleza, que aunque ajada, le producía vértigos.
La mujer, con ese cimbreo de las hormonas femeninas, llegó por el norte, y teniendo como fondo el Sanatorio Marítimo, que a su vez, y a esa hora, en su interior, bullaba de la actividad que genera el cuidado de los púberes enfermitos y sus matronas.
Un cuadro viñamarino decadente, era por contrapartida, sin embargo, el aliño estético para esa cita a ciegas.
Cuando le quedaban unos veinte metros para bajar las escalas que conducen a la playa, y tras una mirada entre apercibidora, y de conocimiento del terreno que pisaba, él supo que era ella, y de inmediato se pasó una cuenta : cúantas frases copiadas a Kahlil Gibran , a García Lorca y Neruda, para galantearla, y llegar a que se produjera el desenfrenado caudal de “quiero conocerte” o “saber como eres”, se cruzaban por su mente atropellándose a la hora del recuento pre-cita.
Sin duda, que la seguridad que de ella emanó, al momento de enfrentarse en la arena con el ruido de las olas pegando contra los gaviones, fue lo que más le produjo mariposas en la guata, pero ya está pensó, a la hora que sus labios coincidieron en dos hola como estás, que chocaron en el aire, y produjeron un estallido perhuétano que los aleló.
Ahí estaban, y por fin la madre naturaleza coincidió, como no lo hace regularmente, para que la química brotara, y tal como se habían sugerido pusiera la rúbrica a la relación que se adivinaba.
La Grúa, garra de acero y cemento que se proyecta al mar, y sirviera otrora, para que millones y millones de toneladas de azúcar natural pasaran a otro estado en la industria más famosa de la Viña del Mar de los sesenta, los vio amarse al cabo de un par de minutos, y su amparo bajo los pilares, fue el mejor hospedaje para las siluetas de sus cuerpos que ahora se confundían con las demás sombras, y que dejaban ver a cada recogida de la mar moluscos y peces de roca afirmados a la vida.
Aunque el frío del invierno costero, y la llovizna los empujaban, pudo más el verano de sus cuerpos repletos de lívido, y no se entumieron para nada, mientras por la parte superior del paseo, ingenúos adolescentes, y ancianos en plan de caminar y prolongar la vida, los ignoraban así como así.
Más de alguna vez ahora, las manos buscaron refugio en las convexidades y concavidades corporales, coincidiendo, mientras inventaban excusas contando las ventanas encendidas de los pocos departamentos habitados de la Avenida Perú en esa época de sosiego.
Eso, respecto de la primera vez que se conocieron, y que dio paso a otros capítulos, en que no quedó nada a la imaginación, y al conocimiento exhaustivo de sus dotes, se refiere.
Nunca hubo sí, otro lugar para citarse, y fueron fieles al nonagenario monumento.
Las horas del sepulcro del día fueron la relación temporal, y por la cual se midieron.
Cúantas de esas reuniones fueron alegradas o apenadas con tantas y tantas también situaciones de la vida cotidiana, que les acotaban el camino.
Pero también, la cercanía del mar, la salobre vaguada, les vino a dar el exotismo que una relación sentimental tan intempestiva y ardiente, necesita para ser más auténtica.
Veinte o más veces, sus cuerpos se entrelazaron en acoples fenomenales, que no le dieron lugar al frío insinuante del viento que venía de mar adentro, y a veces los anzuelos galopantes en el aire de novatos pescadores, se enredaron en la vestimenta de los amantes de La Grúa.
Así también otras tantas orinas les cayeron sobre sus cabelleras y humanidades, haciendo de éste el más excitante de los amores, que desde los cuentos de las Mil y Una Noches y el Decamerón, se hayan llevado a cabo, y lo que hoy cuento para ustedes.
Pero como todo lo que se empieza, busca luego una forma de suicidarse, ésta no fue la excepción.
Unas fotos, que aunque difusas mostraban algo de sus perfiles, una llamada telefónica intervenida por manos negras y detectivescas en el más cerdo sentido de la palabra, un hackeo del mail, un soplo, y un seguimiento a finish, pagado irónicamente con el mismo dinero que uno de ellos procuraba al “grupo familiar”…configuraron una nota fría al pie de un todavía más Decreto Judicial : Juzgado de Familia, Viña del Mar, Causa 18.999.- “Medios de prueba solicitud de divorcio de xxx a yyyy. Ojo : Contiene fotos en La Grúa.


2 comentarios:

Esteban dijo...

Como siempre, nuestro amigo Eduardo, logra cautivar la atención del lector desde el principio a fin. Uno puede ver el ambiente previo, la gente, la tarde, el mar, el frío. Puede imaginarse incluso la pasión desenfrenada de los amantes y se va haciendo complice en el relato, desea escudriñar en las mentes de los actores, desea conocer más, ansia el desenlace sabroso que siempre tiene las crónicas de éste gran escritor.

patricio fuentes g. dijo...

LOS AMANTES QUE LINDA PREMISA PARA COMENZAR, ES CIERTO QUE LA COMPLICIDAD QUE TIENE EL LUGAR CON QUIENES NOSTALGIZAMOS CON LA LUNA, CON QUIEN GOZAMOS DEL SOL, CON QUIENES NOS QUEDAMOS PEGADOS EN LOS TIEMPOS DE DISFRUTE DE CADA RINCON DE NUESTRA QUERIDAD CIUDAD. DEBO DECIRLO ESTA ES UNA ANTESALA AL OLVIDO LA INOPIA DE QUIENES PASAN POR LA VIDA SIN DEJAR HUELLA.....GRACIAS POR TU CRONISMO SOÑADOR.... ESPERANZAS QUE VAN Y VIENEN....UN ABRAZO AMIGO REFLEXIVO